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Por decisión unánime, el Public School Board of Education del distrito de Chicago, el tercero más grande de los Estados Unidos, convierte las ciencias de la computación en una asignatura obligatoria y necesaria para obtener el título de bachillerato, comenzando con la promoción que comienza el año que viene y se gradúa en el año 2020. En este momento, una cuarta parte de las instituciones educativas del país entre colegios e institutos ofrecen ya asignaturas relacionadas con las ciencias de la computación como una parte integral de su curriculum: la iniciativa de Chicago, que el alcalde de Chicago, Rahm Emanuel, inició a finales de 2013, supondrá un importante incremento de las mismas y un ejemplo a seguir para otros distritos.

¿Imaginamos un graduado de bachillerato que no hubiese tenido exposición alguna a las matemáticas, a la física, a la química o a la biología? Todos entendemos que se trata de ciencias indispensables, que es necesario tener un nivel de familiaridad y de conocimientos adecuado de cualquiera de ellas para entender muchas de las cosas que pasa a nuestro alrededor, para aprender a desarrollar nuestro pensamiento en torno a esa base conceptual. No, no se trata de convertirse en un experto, para eso ya están otros niveles de la educación, pero sí de adquirir una base suficiente como para desenvolvernos de manera adecuada en el mundo que nos rodea. Las matemáticas, la física, la química o la biología son necesarias, y todos pasamos por asignaturas que nos exponen a una parte de sus conocimientos, que nos posibilitan un cierto nivel mínimo para ser capaces de desenvolvernos con la solvencia adecuada en un mundo en el que los elementos de esas ciencias siempre están presentes de una u otra manera. Y cuando hablamos de desenvolvernos en el mundo, hablamos de la realidad de un entorno que, a lo largo de las últimas décadas, nos ha rodeado de objetos programables y ha convertido la computación en algo ubicuo. Hoy, manejamos dispositivos programables para todo tipo de tareas, y resulta difícil concebir una vida civilizada sin tener acceso a ellos. Por eso, ante un entorno que cambia, los requerimientos de la educación deben cambiar: hoy, andar por el mundo haciendo gala de una total ignorancia en un aspecto tan inseparable de nuestra realidad cotidiana como las ciencias de la computación supone una carencia, una limitación.

Pensar, como algunos pretenden, que las ciencias de la computación no es necesario enseñarlas porque “ya están presentes y se aprenden solas”, o porque “los jóvenes ya están preparados para ellas porque las toman del entorno” es profundamente limitante. Una persona que se gradúa hoy tiene que entender lo que supone un proyecto tecnológico, tiene que tener una base adecuada de hardware, de software y de diseño, tiene que adquirir algunas bases de programación – al menos lo que es un algoritmo, una variables, un condicional y un bucle – y ser capaz de manejar estos elementos de una manera mínimamente coherente. Del mismo modo en que no pretendemos que un niño pueda desenvolverse como físico o como matemático con el nivel de física o matemáticas que adquiere en el bachillerato, no pretendemos que una persona se dedique a la tecnología o a las ciencias de la computación por haberla visto como parte del mismo… pero sí que se encuentre preparado para desenvolverse en un mundo en el que está constantemente rodeado de objetos programables. 

En España, algunas iniciativas interesantes han incluido desde este año la incorporación de una asignatura de programación y robótica educativa en niveles infantiles. Tan solo en algunas comunidades autónomas, y como una iniciativa no incluida en la evaluación, sin peso curricular. En el sistema educativo español, dar un paso como el norteamericano – o previamente, el del Reino Unido, que lo instituyó en enero de 2013 – es un reto que muy pocos se atreven a plantear. En los Estados Unidos o en el Reino Unido, este tipo de cuestiones vienen como fruto de importantes iniciativas colectivas, con asociaciones, fundaciones, alianzas público-privadas y dotaciones de fondos destinadas a convertirlas en realidad. En el Reino Unido fue la iniciativa de una fundación, la Raspberry Pi Foundation, la que consiguió dar el último impulso a algo que se consideraba interesante, pero que se veía con unas barreras de entrada importantes en términos de coste. En los Estados Unidos, la iniciativa viene respaldada, además de por el convencimiento personal de un presidente Obama que ha destinado cuatro mil millones de dólares a extender la educación en ciencias de la computación a nivel de los colegios, por alianzas como Code.org, destinadas a concienciar acerca de la necesidad de esa educación y a generar recursos de todo tipo para que sea posible.

En España, aunque existen, he visto muy pocas iniciativas como esas, y las empresas que de verdad destinan recursos a iniciativas relacionadas con la educación son excepciones – algunas muy inspiradoras, visionarias, y que han logrado ya algunos éxitos importantes, pero excepciones. ¿Para cuándo una iniciativa amplia, completa y decidida para adaptar nuestra educación, una de las herramientas de futuro más importantes con las que contamos, a los tiempos que vivimos? Hablamos de desarrollar las competencias para la sociedad que viene, para los puestos de trabajo que ya están surgiendo y que sin duda continuarán convirtiéndose en significativos, de equipar a los jóvenes con las competencias necesarias para desenvolverse en prácticamente cualquier industria. La revolución está pasando, la estamos viendo… pero en España, estamos a otra cosa. ¿Qué tipo de país queremos ser en el futuro?

Enrique Dans. Doctor (Ph.D.) in Management, especialidad Information Systems por The John E. Anderson Graduate School of Management, Universidad de California at Los Angeles (UCLA)

http://www.enriquedans.com/2016/02/las-ciencias-de-la-computacion-como-a...